sábado, 12 de abril de 2008

Policía y menores en Ibiza

Manuel Muriana es uno de estos agentes especializados
Entre educadores y policías
Las policías locales de Sant Antoni y Santa Eulària cuentan con tres agentes especializados en la atención a los adolescentes y los menores. Controlan el absentismo escolar, el consumo de drogas, los botellones y los comportamientos conflictivos
Juan Carlos González y Manuel Muriana son unos policías diferentes. No suelen vestir uniforme y las personas con las que suelen tratar en el día a día no superan los 18 años. Tampoco acostumbran a detener a nadie y su principal arma de lucha contra los malos no son el bloc de multas, la porra, los grilletes y el coche patrulla, sino la charla y el teléfono móvil con el que avisar a padres y directores de centros educativos. Juan Carlos, junto con su compañero Gabriel Ángel, y Manuel son los policías de referencia de los adolescentes de Sant Antoni y Santa Eulària.
La mayoría de los chavales ya les conocen. Se dirigen a ellos por sus nombres de pila y no salen corriendo cuando se les acercan a pesar de que saben que con su visita se acabó la salera, el botellón o la escandalosa reunión en el portal. Juan Carlos González es el policía referente (se les llama así porque pretenden ser la persona de referencia a la que acudan cuando tienen un problema) de los menores en Sant Antoni y Manuel Muriana realiza la misma función en Santa Eulària. Los dos confiesan que les gusta lo que hacen y coinciden en asegurar que lo que más les diferencia de sus compañeros es la enorme capacidad de comunicación y diálogo para hablar con los adolescentes a los que sorprenden en alguna travesura.
Manuel Muriana fue el único que se apuntó en la pizarra para voluntarios que se colgó en el retén cuando los servicios sociales decidieron poner en marcha el proyecto. «Eso es muy importante», apunta Patricia Roveda, educadora de los servicios sociales de Santa Eulària que impulsó el proyecto. En el caso de Juan Carlos González fueron los responsables de la Policía Local de Sant Antoni los que pensaron que era el más adecuado para convertirse en el policía de referencia de los adolescentes del pueblo. Modesto, le cuesta explicar por qué él y no otro compañero. «Supongo que porque soy tranquilo, tengo dotes de comunicación y empecé a estudiar Sociología», apunta.
Y es que los dos insisten en todo momento en la manera que tienen de dirigirse a los adolescentes. «No les damos sermones, no necesitan lecciones de moral», apunta González, quien, sin embargo, reconoce que las primeras semanas no podía evitar que le saliera un poco esa vena. «Es muy importante el diálogo. Tienes que hacer que te conozcan, ir poco a poco e ir a buenas», apunta Muriana.
Sólo hay que ver cómo se dirigen a los estudiantes de colegios e institutos cuando los sorprenden fuera de los centros en horario escolar. Les preguntan qué están haciendo, por qué y, después de que les hayan intentado colar todo tipo de excusas («es que he ido al médico» y «no tengo clase porque el profesor está enfermo» son las más habituales) los acompañan de regreso al centro. Allí hablan con el director y llaman a los padres para que tengan constancia de que han pillado a sus hijos haciendo salera. Muriana asegura que ya se conoce los escondites habituales de los chavales cuando se saltan las clases. González, por su parte, recuerda que cuando comenzó esta tarea «no se escondían» y que muchos estaban haciendo salera en la misma acera del instituto.

Juntos a clase
En los dos municipios aseguran que el absentismo escolar intermitente y esporádico se ha reducido de manera considerable desde que tienen policías referentes. «Hay algunos que están acostumbrados a no ir a clase y éstos suelen animar a otros que no lo hacen nunca. Cuando los pillas una vez y hablas con sus padres ya no no vuelven a saltarse una clase», explica Juan Carlos González.
Más complicado es erradicar el absentisto habitual. Pero lo intentan. Manuel Muriana recuerda que estuvo unos días acudiendo a las ocho menos veinte de la mañana a casa de un estudiante que se negaba a ir a clase. Le tocaba el timbre, le animaba a levantarse y le acompañaba al instituto. «Con el permiso de los padres», apunta Roveda que, sin embargo, matiza que los chicos deben entender también que el policía «no es un chófer». González, por su parte, recuerda cuando descubrió unas casetas en el bosque que había frente al instituto. «Tenían baño, extintores, señales, era como su caseta del árbol», apunta. «Pero no podíamos tirarlas sin más, así que averigüé de quiénes eran y cuando lo supe hablé con ellos y les expliqué por qué las teníamos que derribar», explica.
Pero el trabajo de estos policías va más allá de controlar que todos los niños y adolescentes vayan a clase. También prestan especial atención a que los menores de edad no consuman drogas y controlan de cerca el botellón. «Alguna vez tienes que cachear a alguno porque lleva hachís o maría», señala el policía referente de Sant Antoni. Juan Carlos González señala que están muy alerta en las noches del fin de semana, especialmente en tres casos: «Cuando vemos un menor en situación notoria de embriaguez, cuando está consumiendo drogas y si está con un grupo de adultos que lo están haciendo». En Sant Antoni todos estos casos se ponen en concimiento de los padres, a los que se entrega un acta con notificación de recibo. «Cuando tienen tres por el mismo menor los servicios sociales se ponen en contacto con ellos para descartar que haya una situación de riesgo», añade.

Parques y portales
Tanto en Sant Antoni como en Santa Eulària destacan la importancia del papel de los padres y de los servicios sociales. Los dos agentes aseguran que lo general es que los padres agradezcan el interés que se toman por sus hijos y que ahora son muchos los que cuando les ven por la calle incluso les preguntan cómo van sus «niños». De hecho, ambos policías están convencidos de que los propios `afectados´ valoran su trabajo. «Entienden nuestro trabajo y que lo hacemos por ellos», insiste Juan Carlos González.
Parques, portales en los que se reúnen y puntos de información juvenil son otros de sus lugares habituales. «Ellos mismos, con el tiempo, van entendiendo que no queremos acosarles y que si no molestan nadie nos llama», apunta el agente de la Policía Local de Sant Antoni. «A veces hay mucha gente en el Punt Jove pero no están haciendo nada», señala el policía referente de Santa Eulària. «La gente también debe comprender que porque haya muchos adolescentes juntos no tienen por qué estar haciendo algo malo», reconoce Juan Carlos González.
Los dos agentes aseguran que están contentos con su trabajo. «Ves frutos y eso es muy gratificante», reconoce Muriana. «Tienes altibajos como en cualquier empleo pero me gusta», se suma González. Los dos insisten en que parte muy importante de su trabajo es hacer que los chicos cambien el concepto que tienen de los policías locales. Muriana asegura que en una ocasión un grupo de adolescentes se rió de un compañero y que después de hablar con ellos le pidieron perdón. González reconoce que no se puede callar cuando va por la calle y, al verle, una madre le dice a su hijo: «Pórtate bien que si no te vas con él». «Entonces yo suelo decirle al niño que si su madre es mala, que venga a pedirme ayuda», reconoce entre risas.

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