martes, 11 de noviembre de 2008

Línea de salida a una vida nueva

Arrepentimiento, esfuerzo y aprendizaje diario, las claves del Centro de Sograndio para la reinserción de los menores infractores.

Inequívocas verjas metálicas de varios metros de altura rodean el recinto de la casa juvenil de Sograndio y recuerdan que no es broma: es el centro de internamiento para menores infractores del Principado de Asturias. Pero el pasado viernes las vallas se difuminaron en un día festivo de puertas abiertas que clausuraba la semana de celebración de la seronda. En el vestíbulo una exposición mostraba «mesinas de nueche», percheros de forja o caballos balancín de madera, salidos de las manos de los treinta y seis chicos que en la actualidad conviven en el centro en régimen cerrado porque un día sobrepasaron los límites y jugaron con la libertad más de la cuenta.

¿Un ejemplo?: Ángel Luis, nombre ficticio de un joven dominicano, interno desde hace año y medio, que con sus casi dos metros de estatura, su atuendo al más puro estilo del Bronx neoyorquino y sus enormes pendientes brillantes a lo Bechkam reflexiona con seriedad: «Sé que la culpa de estar aquí la tengo yo, no la tiene nadie». Ya ha cumplido los 18 y en algo más de un mes terminará su pena. Con sorprendente aplomo digiere su situación: «Cuando mire atrás pensaré que fue malo tener que entrar aquí, pero me han enseñado muchas cosas: a ser más responsable y más respetuoso». Hace pocos días Ángel ha ganado un premio como soldador por una pieza de forja que ha fabricado, fruto de las lecciones en los talleres del centro.

Y es que «la gente piensa que están aquí simplemente encerrados y desconocen el trabajo que se realiza con ellos», explica María José Álvarez, una de las coordinadoras del centro. Sin embargo, una mirada al horario que preside los pasillos disipa cualquier duda: cinco horas al día de clases en la escuela, o en los talleres profesionales, según la edad, charlas, tiempo para la limpieza, juegos, dos horas de visitas familiares a la semana y la posibilidad de acudir a cursos en el exterior o disfrutar de fines de semana demuestran que Sograndio pretende «el predominio de la tarea educativa», como recalcó Clara Dagó, jefa de servicio de Justicia, en los diez meses que como media pasan los chicos en el centro.

Pero el viernes, el habitual ritmo de la casa quedó aparcado por la fiesta y bajo la atenta mirada de los siete vigilantes de seguridad, que no perdían ojo de los movimientos de los internos, educadores, fiscales, maestros, cocineras y demás personal del centro, acompañados por el director general de Justicia, Manuel Cabaleiro, compartieron mesa y mantel para cerrar con sidra dulce y paella una semana de actividades que ha llevado a los chavales a recoger castañas y setas, a visitar el Museo de la Sidra de Nava y el llagar de Lavandera en Gijón y a exponer los frutos de los talleres de carpintería, forja, cantería, mecánica o albañilería, a los que asisten durante cinco horas a diario. El director general, junto con los fiscales de menores Alejandro Cabaleiro y Javier Marqués, no dudó en alabar la efectividad del centro a la hora de hacer cumplir las medidas.

Tras la comida, los fiscales visitaron los talleres en que, según Marqués, «les proporcionan la oportunidad de aprender un oficio», gracias a la ayuda de maestros, a la Fundación Metal y a la orientadora laboral. Francisco García Menéndez, coordinador del centro, comenta que el porcentaje de reinserción es bueno ya que los chicos tienen «gran motivación y necesidad de aprender, aunque los trámites burocráticos son complejos para los extranjeros».

El fiscal hizo hincapié, asimismo, en que la ley del Menor supone una «clara mejora en la adecuación a las nuevas necesidades y la duración de las penas». Las medidas, modificadas a raíz de la ley 5/2000 y sus sucesivas reformas, suponen para el director del centro, Manuel Ramos, una valiosa herramienta que «define claramente medidas individualizadas». Desde su entrada en vigor, el número de internos ha aumentado incluyendo desde los 14 hasta, en algunos casos, los 23 años, y la organización interna del centro ha sufrido reorganizaciones que estructuran la casa en cuatro pisos: el primero, reservado para los castigos por mal comportamiento, el segundo para los mayores -de 17 años en adelante-, el tercero lo ocupan chicos desde 14 años y el cuarto está reservado para las chicas -dos, en este momento-. Un edificio contiguo alberga el llamado módulo terapéutico, que cuenta con ocho plazas para aquellos menores que sufren alteraciones psicológicas o requieren programas de deshabituación de pastillas y otros estimulantes a los que en la actualidad se añade el consumo de inhalantes.

La vida en Sograndio arranca a diario cuando el despertador suena a las ocho y media y empieza la vorágine de limpieza, clases y actividades, hasta que las luces vuelven a apagarse, a las diez entre semana, a las doce viernes y sábados para aquellos que no han conseguido el permiso de fin de semana. Porque cuando un menor demuestra que su comportamiento es favorable -los informes lo siguen minuciosamente- está preparado para ensayar la libertad en fines de semana familiares. Y entonces el reto es doble, explica el director del centro: que regresen el domingo y que no reincidan durante las salidas. Pero «en la mayoría de los casos vuelven», y lo hacen porque han asumido su situación y los límites, resume.

El viernes, tras la comida, extasiados con las bromas y equilibrios de los malabaristas, acompañados de sus familias y bailando con las mozas ataviadas con trajes regionales a ritmo de gaita, rumanos, gitanos, españoles, sudamericanos y marroquíes dejaron atrás la dureza que a veces les hace alardear de los delitos que cometieron, en su mayoría hurtos y robos con fuerza -aunque tienen prohibido hablar de ellos- y mostraron la imagen de lo que son: al fin y al cabo adolescentes. «Les escucho a veces decir "te quiero" a sus familias cuando les hablan», comenta Lucía Meana, educadora del centro.

Cuando el mes que viene Ángel Luis cruce definitivamente la puerta del centro, volverá a su casa, sacará el carné de conducir, seguirá escuchando bachata y buscará su camino como soldador. Hoy por hoy, su madre le ve «tranquilo y seguro», y confiesa ilusionada: «Me ha hecho un juramento, está arrepentido». Ni la ley ni los trabajadores del centro olvidan las dos caras de la moneda: los chicos de Sograndio cometieron prematuros delitos, pero son también aún adolescentes. Mirando a Ángel y a sus compañeros, los educadores confían en que «algo de aquí les haya quedado» y los ven marchar conservando siempre un sueño: el de la esperanza.

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