lunes, 4 de enero de 2010

580 asturianos tratan sus adicciones cada año en comunidades terapéuticas


El perfil es el de un varón politoxicómano de 38 años, soltero, en paro, con estudios primarios y que vive con su familia.


Es un hombre de 38 años, con estudios primarios, soltero, en paro, que, antes de su llegada al centro, convivía con su familia de origen. Politoxicómano. Ése es el perfil mayoritario de los usuarios de las comunidades terapéuticas en Asturias, según un informe del Servicio de Salud del Principado (Sespa) que analiza la evolución de este recurso entre 2001 y 2008.


Se trata de centros privados subvencionados por la Consejería de Salud y Servicios Sanitarios que funcionan en régimen residencial y que tratan de rehabilitar y el facilitar la reinserción social de las personas con trastornos derivados del uso de estupefacientes: la comunidad terapéutica APTAS-El Valle, el Centro Proyecto Hombre, la comunidad Terapéutica ARAIS, la Fundación Instituto Spiral y La Santina, gestionada por Cáritas.


A estos cinco centros acuden cada año 580 asturianos porque, según el documento elaborado por el Sespa, la cifra se ha estabilizado en los últimos dos años tras un aumento sostenido desde 2001, cuando se registraron únicamente 423 usuarios, lo que el Principado interpreta como que se ha alcanzado «el tope de demanda» de este tipo de recursos en la región.


A estas comunidades, especializadas en tratamientos de desintoxicación, deshabituación y tratamientos sustitutivos con opiáceos (el programa de mantenimiento con metadona) se accede tras cumplir único requisito: haber residido en Asturias al menos en el último año, excepto en aquellos casos que a los accede directamente y no derivados por los profesionales que indican el ingreso, como ocurre en los centros de Cáritas y de Proyecto Hombre.


Y otra peculiaridad es que son también un recurso para el seguimiento jurídico penal de aquellos drogodependientes que se encuentran cumpliendo condena en las propias comunidades.


De hecho, el 68% de los beneficiarios de estos centros tienen antecedentes penales, un porcentaje que también ha aumentado mucho desde el comienzo de la década, cuando la cifra de quienes habían tenido algún problema con la Justicia se situaba 16 puntos por debajo: eran el 52%. Y por esa razón, los responsables del documento del Sespa recomiendan «un seguimiento especial de este indicador en los próximos años».


Cocaína en lugar de heroína

Otro de los parámetros que ha cambiado desde entonces es la edad media de los beneficiarios de estos centros, que se ha elevado de los 31 años a los 38. Y la edad a la que empiezan a consumir estupefacientes, que también se ha elevado un año y medio hasta situarse en los 18.


Lo que no varía es que las comunidades siguen siendo cosa de hombres, porque siete de cada diez usuarios son varones. Eso sí: aumenta el número de mujeres, señala el Sespa, «posiblemente a costa de incorporaciones a tratamientos de alcoholismo». Hay que recordar, añade el Servicio de Salud del Principado, «que la población oculta de mujeres bebedoras siempre se ha considerado elevada».


Pero quizá el dato más significativo es que los tratamientos por consumo de opiáceos «se han ido reduciendo a la mitad, hasta llegar a 2005, un año en el que la heroína igualó a la cocaína».


A partir de entonces, a los profesionales les resulta «difícil diferenciar cuál es la sustancia principal por la que los usuarios inician su tratamiento, porque a la mayoría de las personas que son derivadas actualmente a este recurso se las considera policonsumidoras».


Una buena noticia tiene que «se observa un cierto control» en las infecciones por el VIH (6%) y la hepatitis C (40%), relacionado con que el nuevo perfil de los pacientes consumen más alcohol y cocaína que heroína. Y la otra cara de la moneda es que «aumentan los cuadros psicopatológicos añadidos a la dependencia de sustancias». Sobre todo, trastornos de personalidad. El peor diagnóstico es el aquellos pacientes en los que coexisten dos enfermedades psiquiátricas.


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